72 Inviernos

Hace 72 inviernos que cada mañana Paco se levanta tan pronto, que todavía es tarde.
Solo el frío de la noche escucha crujir el oxidado gozne de la puerta cuando se abre.
Mira el cielo, pero no ve nada, si no hay estrellas, es que hay nubes.
Mira al suelo y está seco. ¿Lloverá? ¿Nevará?. Cuando el día se ilumine lo irá descubriendo.
Arreglar el fuego, ordenar la casa... son los primeros movimientos de la rutina diaria.
Una tibia bombilla guía sus pasos sobre viejas maderas del Baricauba, que indiscretas crujen bajo sus pasos. Pero nadie los escucha; casa, cuadra y corral son coto donde solo habita un alma.
Hace muchas lunas ... recuerda observando el resucitante fuego, que era niño y le gustaba jugar con la nieve, todavía retumban en sus oídos las gritos de su madre : -Ponte los zuecos antes de salir-, los golpes del hacha de su padre cortando leña y la algarabía de tres hermanos que subían y bajaban corriendo las escaleras.
La casa es la misma, pero se ha llenado de sombras y de silencios.
De niño fue un tiempo al colegio. Tenía que caminar 5 km por la nieve para llegar a la escuela por una cuesta abajo, que al acabar el día sería cuesta arriba.
Enseguida se puso a trabajar en la casa: El ganado, los muros de piedra, la leña, el huerto... Eran una corona de sal para un niño, que pronto dejaría de serlo.
Era una época de poco o ningún dinero en el bolsillo, pero cuando desciende por la cuesta con 14 ovejas... tres perros, un callado y un paraguas, siempre le acompañan.
Mira el muro de piedra que lo flanquea y reconoce su nombre en algunas piedras, y el de otros, en otras; comprueba que sigue recto, que no se desplomará sobre el camino.
Es un muro de piedra seca que el tiempo ha oxidado. Miles de piedras traídas a hombros de hombres, o arrastradas por bueyes, para ser colocadas con oficio y dedicación.
Llevan 200 años erguidas, y aunque sus cimientos pizarrosos se están diaclasando, resiste recto como el día que lo levantaron.
No piensa que está bien hecho, porque aquella gente no entendía otra manera de hacerlo.
No fué el dinero, ni la vanidad, ni la gracia de Dios quien levantó aquellos muros, fueron manos de personas responsables con valores que también el tiempo ha oxidado.
Cuando lo veo paciente mientras las ovejas pacen pienso que "El Viejo y Mar" , también habitan la montaña.
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